México
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Edición 25 15 de Diciembre 2008
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Mire a través del vidrio de mi ventana a lo lejos, allá a lo lejos una ventana alumbraba el ambiente familiar, en casa todos comenzaron la cuenta regresiva de los minutos esperando la media noche para comenzar a repartir los regalo… cinco, cuatro, tres, dos.. No escuche mas, todos se quedaron callados, a lo lejos la ventana mostraba a la familia de doña chelo celebrando la Navidad, abrazos y regalos, se miraba un ambiente único, me di cuenta que regularmente nunca alcanzaba yo a distinguir desde mi casa la casa de dona Chelo, pero esta vez hasta escuchaba las voces de cada uno de ellos, deseándose lo mejor y perdonándose las querellas, mire más lejos aun la puerta de una casa abierta, afuera estaban reunidos al derredor de una fogata el “Cala”, el “Muerto” y el “Meño”, siempre me perecieron muchachos malos, de costumbres bajas y de mal corazón, después de darse el abrazo navideño, entraron a la casa del Muerto y repartieron abrazos y buenos deseos, el “Cala” había salido hace poco del la carcel del “Topo chico” y estaba teniendo una Navidad en familia, al fondo de mi corazón llego la voz interior que todos llevamos dentro y que a veces nos dice lo que no queremos escuchar: “¿Quien soy yo para juzgar la ética y moral del Cala?”.
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Ya se acerca Navidad, el frío viento se filtra por las rendijas de mis ventanas, trato de tapar cada hueco con lo que puedo, siempre pensé que el día de navidad no era otra cosa que un día como cualquier otro; sale el sol, se mete, la gente sale, come, ríe, llora, se muere, etc. Es lo mismo cada día, no hay cosas diferentes. La misma Biblia lo dice… “Nada nuevo hay bajo el sol”.
Me acuerdo aquella navidad en que todo cambio mi percepción de ese día que si para muchos en bonito y para otros deprimente, aun así, todos queremos que llegue, como aquel 24 de diciembre de 2008 cuando desde mi ventana poco antes que dieran las doce de la noche me puse a mirar desde el cerro donde vivo, ahí en un barrio perdido de la Colonia Independencia.
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Por: Ismael Ledesma
Miraba hacia afuera con la ventana cerrada, para mi la
supuesta navidad era un día ordinario. La gente caminaba de
aquí para allá, de un lado a otro, me imaginé un campo lleno
de hormigas que parecen caminar sin dirección, a pesar del
frío la gente salio a hacer compras, mi familia estaba reunida
en la sala esperando las doce campanadas del reloj para
comenzar las felicitaciones y repartir los regalos de navidad,
me quede mirando la esquina allá a lo lejos donde habían
matado al “Texano”, todo por un puñado de droga, a una
cuadra de ahí mas al norte estaba la esquina junto a la tienda
de Don Manuel donde había un camión urbano atropellado a
una niña con discapacidad.
Como todos, seguía yo esperando las campanadas del reloj casa con el afán de ver esta vez desde mi
pedestal de observador se daba el fenómeno de la navidad, una navidad colectiva, una navidad en la que
cada quien desde su propio interior refleja lo que durante un año acumulo; la esperanza de un minuto de
perdón, de paz, alegría y felicidad… Pero si uno se mantiene al margen de eso, no pasa de ser un día
ordinario y común.
Cambie mi vista de dirección, muy a lo lejos pude ver una pequeña luz que llamo mi atención; era una
casa sin enjarre, por puerta tenia algunas laminas de cartón y el techo formado del mismo material, en el
interior de la casucha un anafre lleno de brazas, junto al anafre una niña sentada en una silla de ruedas ya
sin ruedas sumergida en la pobreza, el padre de ella, supongo, tomo un paquete de una mesa adornada
con motivos navideños, llego hasta la niña, le dio un beso y un abrazo, otro a la que supongo era la madre
y ambos vieron como lo pequeña abría el paquete con desesperación y su cara se alegraba al sacar del
interior una muñeca que a lo mucho debía valer unos cincuenta pesos, ella los miraba agradecida y estiro
sus manos hacia ellos quienes se acercaron y recibieron un caluroso abrazo de un corazón feliz.
Dos cuadras mas adelante otra luz llamó mi atención,
escuchaba un llanto triste, no supe como pero mi vista y oído
entraron a aquella casa la cual por perspectiva no coincidía el
línea recta a mi ventana, sin embargo, vi a un pequeño con
lagrimas en los ojos, las cuales escurrían por sus mejillas
mientras todos se abrazaban porque era Navidad, en esa casa
no había regalos, una pequeña cazuela de barro con un poco
de mole en medio de la mesa era la cena navideña, el llanto
me enterneció al escuchar decir a un anciano: “No llore mijo,
sus papas están en el cielo”, el niño abrazo al anciano y todos
se acercaron a darle un abrazo al que supongo no tenia ya
padres, y sin haber regalos aquel corazón se alegro por un
momento.
… ¡¡¡Uno, cerooooo!!! Gritaron en mi casa, pareció como si me hubieran despertado de un largo sueño,
¡mi corazón quería expresar tantas cosas!, todos se abrazaban en casa, todos se perdonaban y repartían
regalos, mi hermana me miro, se acerco a mi, limpio una de las muchas lagrimas que habían salido por
mis ojos, me dio un abrazo y me dijo: “Feliz Navidad” me entrego un paquete, luego mi madre y así mis
demás hermanos quienes se acercaron y me dieron un abrazo cada uno, de mi corazón quería salir un
grito, un llanto, una emoción jamás experimentada, era alegría, era felicidad, era perdón… era amor.
Abrace a todos y nadie pregunto la razón de mi llanto, me di cuenta que la Navidad, ya sea desde adentro
o desde afuera, cristiano o Musulmán, o lo que sea, es un regalo que dura un instante, suficiente para
poder expresar el amor y el perdón que durante un año no supimos expresar y que nos ayudara para que
durante todo un año sepamos manifestar nuestro agradecimiento a Dios por lo que tenemos y por lo que
nos falta, para que llegando la siguiente Navidad, valoremos la vida y sepamos vivirla en armonía,
felicidad y perdón.