México
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Edición 23 15 de Noviembre 2008
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Cada vez que salgo a carretera procuro no parar en ningún pueblo a menos que ese sea mi destino, y no es
para menos después de lo que viví en la sierra de Tapalpa en el estado de Jalisco, México.
Me habían dicho que el clima era bastante agradable, húmedo y fresco, que sus cerros estaban llenos de
árboles en cuyas ramas se podía ver las más variadas orquídeas de la región.
No quise quedarme con la imagen creada por quienes me recomendaron el lugar y con el afán de sentirme
parte de la naturaleza y respirar aire limpio al cien por cien, decidí ir a pasar un fin de semana a la sierra
aquella.
Llegue el viernes por la noche y me hospede en una cabaña a las orillas de pueblo, después de un baño con
agua tibia me senté en el balcón de la casita aquella a respirar el aire fresco del mes de Julio, podía oler las
esporas de las confieras internarse en mi nariz, las aspiraba fascinado y sin darme cuenta me quede
dormido, lo fresco de la mañana me despertó y entre a mi recamara a protegerme del clima, ya no pude
dormir y como eran ya casi las cuatro de la mañana espere a que dieran las seis y a esa hora Salí rumbo al
cerro mas cercano, la fresca mañana me hacia experimentar infinidad de sentimientos, todavía los recuerdo.
En mi mochila llevaba un juego de cinceles y martillos para esculpir madera, quería en verdad ser parte de
aquella naturaleza, así que en cuanto me interne en el bosque busque la cima mas alta que tuviera la mejor
vista, ahí estaba, era lo que yo buscaba; al frente mío descansaba el espejo lacustre mas hermoso que había
visto algún día, en ese hermoso valle podía ver el acomodo de las casas, las actividades de los campesinos,
etc.
Escogí el árbol que mejor se ajustara a mis caprichos y comencé a esculpir en su tronco vivo, recorte el
contorno, profundice las cinceladas, el martillo golpeaba y golpeaba el cincel y el eco del valle me regresaba
su sonido como una hermosa melodía.
Poco a poco aquello fue tomando forma; mentón, ojos, nariz, boca, etc. Mi rostro esculpido en el tronco de un
árbol de aquel hermoso lugar, de ese modo seria yo parte de aquella naturaleza viva, si… bien viva.
A medida que cincelaba y perfeccionaba los rasgos la savia que brotaba hacia mi trabajo mas difícil al
cristalizarse en las lijas de pulir, sin embargo estaba decidido, usaba una y otra y otra y la que se llenaba de
resina la tiraba sin más a un lado. Cerca del mediodía mi obra estaba terminada, mi rostro esculpido en el
árbol estaba fijo mirando el lago. Me senté junto a mi rostro y sentado como estaba al tronco de aquel árbol, el
rostro esculpido me quedaba a la altura de mi rostro y ambos mirábamos extasiados el espejo de agua al
fondo del hermoso valle.
El sueño comenzó a invadirme, los ojos me pesaban pues no había dormido bien, saque un cigarrillo y lo
encendí, aspire el humo y lo deje salir de mis pulmones, escuche el silencio, pude ver la paz.
Sentí mi cuerpo cada vez mas pesado y mis ojos se cerraron lentamente, el cigarrillo debió caer de mi mano
pues no supe mas, no se cuanto tiempo paso, unas voces me despertaron.
- Ira chon… Una cara!
- Que tas loco Julián.
- Que no, que es una cara!
- Ah, jijos, ira que bien hecha!
Ellos admiraban el rostro esculpido en el árbol, mi rostro, si era mi rostro y yo en mi rostro, mis ropas estaban
tiradas junto al tronco del árbol y yo, mire a todos lados, quise mover mis manos y no pude, quise mover mis
raíces y estaban fijas al suelo… Mis raíces!, Dios mío!, estaba anclado a la tierra, estaba dentro del árbol…
Quise gritar y pedir ayuda, ni un sonido pudo salir de mi boca, quise llorar y gruesas gotas de resina salieron
de mis ojos lentamente.
- Ira chon… ‘ta llorandooo!
- Que tas loco Julián!
- Ira chon… Movió los ojos!
- Que no, que ya no masques pellote, pues!
Por algún extraño sortilegio había quedado yo atrapado en mi propia obra de arte, la desesperación me
invadió y después de llevarse mis ropas y mis herramientas los campesinos aquellos la tarde llego a la colina,
era el mas vello atardecer que pude haber visto jamás, pero atrapado en un árbol.
Una ardilla subió por mi tronco hasta lo más alto de mis ramas, decenas de aves se posaron en mis ramas
buscando refugio, trinaban y aleteaban, no los veía, pero si los oía y los sentía, me sentía feliz por servirles de
refugio, pero estaba aterrado y triste. La noche invadió el cerro, los coyotes aullaban y hacían mas triste mi
soledad.
Amaneció, a la luz del alba las aves abandonaron mi follaje y la ardilla bajo por mi tronco agradeciendo la
haya hospedado, los primeros rayos del sol alumbraron lo mas alto de mis ramas y pude escuchar a alguien
silbar una canción, sentí que se acercaban a mi, era un campesino que hacha en mano se acercaba a
admirar mi obra de arte, me miro fijamente…
- Ah jijo, parece que esta vivo!
Dijo admirado. Luego se sentó junto a mi rostro y se recargo en mi tronco, miraba hacia el valle y platicaba
con mi rostro.
- Ta bonito, no?
- Ira, aquella casa es la de mi compadre Julián, ‘ta loco, quesque porque masca el pellote ese.
- ¿Tu crees que este loco?
Me dijo mirando mi rostro esculpido, luego saco un cigarrillo y lo encendió, aspiro su humo y se quedo viendo
hacia el lago, sentí un cosquilleo en la nariz, pues su grasoso pelo me hacia cosquilla y estornude, cuando lo
hice sentí que todo mi cuerpo tronaba como quebrándose y caí de espaldas y desnudo, me levanté entumido,
apenas podía caminar, mire la ropa del campesino tirada y me acerque a ver mi rostro, el cual ahora describía
los rasgos del campesino aquel, había ahora el quedado atrapado en mi obra de arte y yo había sido
liberado, aquello me recordaba la barca de Caronte.
Tome sus ropas y me las puse, mire de nuevo el rostro y gruesas lagrimas de resina chorreaban por sus
mejillas, Salí corriendo asustado y dejando al hombre aquel atrapado ahí.
Llegue a la cabaña y sin recoger lo que había bajado me subí en mi carro y Salí de aquel hermoso lugar al que
había ido con el fin de formar parte de la naturaleza… Y lo hice.